El delicado equilibrio: entre pertenencia e individualidad

          El ser humano es innatamente social. Estamos hechos para conectarnos unos con otros, cosa que los psicólogos sociales llaman <<avidez por la afiliación>>. Salvando casos como el autismo y muy pero muy pocas personas con caracteres que tienden al ostracismo –anomalías-, todos procuramos vincularnos. Porque, de hecho, lo necesitamos. Estamos ‘cableados’ internamente para que así sea.

          No obstante, con este gusto por tener amigos, formar relaciones y hacer sociales coexisten motivaciones de otro tipo. Una vez insertos en un cierto grupo, por ejemplo, tal vez busquemos destacarnos en algo particular dentro de él. La amiga que siempre organiza las salidas, el jugador más enérgico del equipo, el empleado más ambicioso del departamento, la prima que siempre tiene que dar la nota en la reunión familiar…

          Una de las motivaciones alternativas más inquietantes a la hora de consumar ese afán por relacionarnos se trata de un interés –para nada menor– por guardar cierta distancia de las exigencias que surgen en cualquier relación. El antropólogo Michael Wesch sostiene que la gente ansía tanto conexión como libertad. Semejante dicotomía genera una tensión que nos lleva a abrirnos en ciertas ocasiones y a cerrarnos en otras. Como bien remarcan Sep Kamvar y Jonathan Harris (autores de We Feel Fine) frecuentemente nos sentimos tironeados entre construir relaciones y mantener independencia respecto de las restricciones que esas mismas relaciones imponen.

          Éste, en materia de dinámicas relacionales, tal vez sea uno de los mayores desafíos de nuestra vida moderna. Seguramente conozcamos a esa chica que otrora se desvivía por cautivar a su novio pero hoy día tiene fuertes discusiones con él por salvaguardar su espacio personal. O a aquél muchacho que no consigue conciliar trabajo con vida social. Ninguna de estas personas es incoherente. Simplemente, como todos, enfrentan la inquietud del debate interno de intereses.

          Lo que sucede es que interiormente tenemos distintos sistemas pujando por su satisfacción. Particularmente, a nuestra avidez por la afiliación se contrapone nuestra necesidad de independencia. Precisamos tanto pertenecer (a un equipo, a cualquier red de relaciones, a un vínculo de a dos) como ser individuales (tener nuestros propios y originales atributos, nuestras cualidades genuinas que nos hagan únicos). No podemos perder nuestra condición de ser, nuestra esencia, sea lo que sea de lo que formemos parte. Tampoco toleramos el aislamiento en defensa ciega de un rasgo propio: acabaremos cediendo. En cuanto un sistema eclipse al otro, ya se nos desorganiza todo. Se trata de un delicado equilibrio.

          Este antropólogo Wesch es muy sagaz observando que muchas herramientas modernas de relacionamiento han permitido hallar este equilibrio. Tecnologías como los blogs o las redes sociales como Facebook y Msn ofrecen la promesa de conectarse sin la restricción de comprometerse, lo que justamente les ha otorgado tanto éxito. Hay una combinación de distanciamiento físico con exposición emocional (mediante relatos o fotos, por ejemplo) que brinda una especie de reconocimiento a la carta: accesible cada vez que encendemos la computadora. Ni hace falta exponernos al rechazo de carne y hueso.

          No obstante, creo que esto tiene su contra. Como tecnologías en sí mismas, las redes sociales son novedosos instrumentos riquísimos y superexplotables. Pero si las asumimos como único paliativo –como una rueda de auxilio– para lograr el equilibrio entre pertenencia e individualidad, quedaremos empantanados. Ese diseño emocional que llevamos dentro, por más que en nuestra vida moderna nos genere la tensión de motivaciones opuestas, está configurado en base a muchos miles de años de evolución tête à tête. One on one. Frente a frente. La mejor forma de alcanzar el delicado equilibrio es practicando en experiencias reales, no simuladas.

          Fijémonos lo que sucede cuando somos pequeños. Queda al desnudo cómo construimos nuestras habilidades sociales. Desde niños sabemos muy bien recurrir a algún atributo propio que nos destaque del resto para atraer compañeritos a nuestro alrededor. Probablemente la velocidad en el patio de juegos, o (para los varones) quien aparezca con el autito de colección más opulento, o (para las niñas) la de vestido más bonito. Allí estamos poniendo un sistema al servicio del otro para sinergizar sus efectos: usufructuamos lo que nos hace únicos para conseguir el reconocimiento y la pertenencia, terminando verdaderamente contenidos.

          Ése es tan sólo un ejemplo, pero quiero hacer explícito que sólo así es que logramos saber cómo conducirnos personalmente en todas nuestras necesidades para con nuestros pares. De lo contrario podríamos acabar como Groucho Marx, quien decía “jamás pertenecería a un club que me tuviera a mí como miembro”. Una contradicción pura. O como un compañero de clase del primatólogo Robert Sapolsky defendiendo que “una relación es el precio que se paga por la ilusión de tenerla”.

          Conozco personas que parecieran disolverse cada vez que inician un nuevo vínculo, dejando de ser autónomas. Conozco muchas otras que siguen la corriente sin detenerse a preguntarse si verdaderamente eso es lo que quieren para sí mismas. Sin atender su inspiración. Y en el otro extremo, conozco individualistas acérrimos que no moderan sus intereses por nadie más y terminan sumamente aislados. Todos sufren.

          En la experiencia de la vida debemos ingeniárnosla para ser parte de lo que deseamos sin ver vulnerada nuestra más íntima libertad. Así conseguiremos trabajar en una organización sin ser un número. Conseguiremos hacernos de amigos y conservar nuestra forma de ser que nos hace únicos e irrepetibles sin dejarnos confundir por modas o tendencias masivas. Conseguiremos no aturdirnos por satisfacer las expectativas que los demás tienen para con nosotros. Esos demás a quienes también queremos y necesitamos.

          El delicado equilibrio entre pertenencia e individualidad, sin desmerecer ninguna de ellas.

 

 

 Ref.:

  • Kamvar, Sep y Harris, Jonathan (2009), We Feel Fine: An Almanac of Human Emotions; Scribner, New York; (p.17).
  • Sapolsky, Robert (2005), El Mono Enamorado, y otros ensayos sobre nuestra vida animal; Paidós Ibérica; Barcelona, 2007; (p.95).
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3 Responses to El delicado equilibrio: entre pertenencia e individualidad

  1. Jorge Gianfrancesco says:

    Federico: una vez mas, sencillamente genial. Y gracias por tu atencion y observaciones sobre mi blog (algo abandonado actualmente por mi). Me gustaria que en algun momento nos sentemos a conversar un rato. En el barrio o por el centro. Tengo un par de ideas. Un abrazo. Jorge

    • Federico Fros Campelo says:

      Muchas Gracias Jorge, nuevamente!
      Por supuesto, juntémonos. Te llamo en la semana, abrazo!

  2. Juan José says:

    Muy de acuerdo… Normalmente me gusta entender (y explicar, por qué no) a la vida social como un diagrama de Venn básico de 3 círculos con un punto común de intersección, para el desarrollo personal, amigos y familia. Donde uno de estos aspectos deja de existir en sí mismo, el equilibrio de la persona decae, es una situación inestable.

    Me gustó mucho el análisis!!

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