Ese cisne llamado Natalie Portman…

          Un buen actor consigue despertar en su público las mismas emociones que sabe transmitir en la obra. En ese gran laboratorio emocional que es el cine, la empatía logra conectarnos con las experiencias del personaje. Sin embargo, de vez en cuando aparecen figuras que no sólo hacen bien su papel, sino que se desempeñan de manera brillante y se zambullen tan profundo en el carácter del personaje que lo viven en toda su magnitud. Ese es el caso de Natalie Portman.

          Los miembros de la Academia de Hollywood supieron premiar muy bien la destreza actoral de Portman. Sospecho que apenas vieron la obra El Cisne Negro se dieron cuenta de que ya no había más nadie con quien comparar a la actriz. Fue directo a la nominación y sin escalas a la estatuilla. El Óscar del 2011 fue de ella desde el primer momento. Y es que Portman es un ejemplo joven y vivo de lo que seduce en el cine: un despliegue emocional abrumador.

          De la mano de Darren Aronofsky (el mismo director de Pi y Réquiem para un Sueño), Portman verdaderamente se transforma en Nina y nos sumerge en el mundo del Ballet. En el mundo del dolor, de los pies magullados, de la competencia (“te estaban tratando de comer viva…”), de la subordinación, del esfuerzo, de la soberbia de las colegas y la exclusión de ‘la más vieja’. Y del sometimiento a la vocación, a la compañía teatral, y a una madre que mucho nos hace acordar a la mamá de Carrie. Sólo que aquella Carrie del ’76 (inspirada en el personaje de Stephen King) asesinaba hacia fuera. Nina asesina hacia dentro. Y también hacia dentro de nosotros.

          Nina… perdón, Natalie, adelgazó hasta el rostro para encarnar la pura dualidad. Y soportó la cámara a centímetros de su cara durante toda la película. Descomunal. Pero para dejarnos sin palabras, sus expresiones consiguieron decirlo todo. Algo de lo que Paul Ekman –ese psicólogo que estudió una por una cientos de configuraciones faciales emocionales, minúsculo músculo por músculo- debe de estar celoso.

          Nina despliega un repertorio de emociones que pocas veces tuvo precedentes. Abunda en la autoexigencia (“quiero ser perfecta”) y en la disciplina, sufriendo con desayunos de medio pomelo rosado y extenuantes entrenamientos después-de-hora. Pero choca con su maestro y sus palabras: “perfección no es sólo acerca del control. También es acerca de dejar fluir…”. Y no lo consigue. Tiene al placer como imposible. Como necesidad desesperada, ante una vorágine de angustia sin descanso que las tomas cinematográficas logran interpretar muy bien, girando continuamente alrededor de ella.

          También un trabajo impecable de Aronofsky, que nos da todos los ingredientes en una receta para que estalle la mente. Y Portman consigue cocinarla de manera brillante. Desarrolla un juego perverso y burlesco entre opuestos: la inhibición sexual vs. el desenfreno. La vergüenza vs. la osadía.

          Nina nos lleva de la mano por su rostro: la angustia ante un traspié, la perplejidad al ser elegida como Swan Queen, la alegría contenida, el comienzo de cómo se gestan los celos, la asfixia ante una madre culpógena que la somete prácticamente a la anorexia y luego la coacciona para comer torta. Falta el oxígeno cada vez más. La burla de quien la envidia, la hipocresía, la risa socarrona, la debilidad penalizada al máximo, el mérito que jamás es reconocido, el darse cuenta de la emboscada… Su alter ego merodea en evasivas o le sale al cruce… La respiración de Nina se agita…

          Y finalmente, el terror. No recuerdo en los ojos de nadie expresión de terror semejante a la cara de Nina incorporándose en la bañera.

          Eso es buena actuación. Da gusto. Da regocijo ver qué terrenos emocionales pueden explorar los actores junto con los directores, y a cuáles nos van a llevar.

          Ojalá Natalie en los próximos años pueda darnos mucho más de eso. Su cisne no fue ni blanco ni negro. Cubrió todo el espectro.

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