La ansiedad contemporánea

          Si nos ponemos a hacer una lista de las emociones que solemos tener con más frecuencia, la ansiedad seguramente ocupará el top-ten. Y apuesto a que incluso para mucha gente estará en el top-5, aunque no se den cuenta (¡por lo acostumbrados que estamos a ella!).

          No creo que al respecto alguien pueda ser más ilustrativo que Nik con su Gaturro, así que en esta ocasión se lleva la foto del día. La ansiedad endémica es claramente un fenómeno contemporáneo. No porque no la hayan experimentado nuestros ancestros primitivos –recordemos que las emociones tienen un fundamento evolutivo y han venido desarrollándose con sus bemoles durante decenas de miles de años en nuestra especie. Sino porque las razones por las cuales surge la ansiedad se han tornado más que abundantes en el último par de siglos.

          ¿Puede reconocerse un patrón en el mecanismo de la ansiedad, o cada uno de nosotros se afecta de manera absolutamente particular? En realidad, la respuesta es: ambas cosas. Y no es un juego de palabras. En efecto, cada uno sentirá esta emoción dependiendo de las circunstancias en que esté inmerso (como bien decía Ortega y Gasset, “yo soy yo y mi circunstancia”). Pero pueden advertirse patrones, temas más ‘macro’. Que en el fondo se deben a una <<calidad>> de estímulo. Estos núcleos temáticos son los que, decodificados por nuestra mente, ofician de triggers (detonantes) muy precisos para iniciar el mecanismo interno que nos pone ansiosos.

          Atender varios asuntos simultáneamente, correr de un lado al otro, no llegar a tiempo con los plazos que se nos pone, lidiar con múltiples exigencias a la vez… Todo esto nos conduce al estado de ansiedad. Pero debajo de esta espuma caótica subyacen triggers bien identificables.

          El detonante por excelencia está relacionado con esa sensación de querer las cosas <<YA>>. Y gracias a él podemos empezar a explorar el mecanismo: Nuestro cerebro es muy ducho a la hora de contrastar lo que queremos -alias nuestros objetivos o intereses- con lo que esperamos que pase. No es lo mismo querer una situación que verdaderamente esperar que la misma pueda acontecernos. Nuestros lóbulos prefrontales son expertos en procesos cognitivos de anticipación, que fundamentan eso que llamamos ‘expectativas’. Pues bien, cuando nuestra mente reconoce que hay una diferencia de plazo entre nuestros intereses y nuestras expectativas, aparece la ansiedad.

          Queremos saber aquí y ahora la nota de un examen que acabamos de rendir y no obstante tenemos consciencia de que nos darán el resultado recién dentro de un par de días. El plazo de lo que queremos es muy diferente de lo que esperamos que efectivamente pase. Y allí cabalga la ansiedad. Es más, cuanto más deseemos algo, más ansiosos estaremos hasta que eso aparezca. Si hay variaciones de intensidad en juego, ¿cuál es el jinete que provoca este galope?

          Se trata fundamentalmente de una hormona que también funciona como neurotransmisor, llamada dopamina. ¿Hormona y neurotransmisor? Efectivamente. Como hormona, tiene sus efectos en el cuerpo: en los músculos y en distintos órganos, a través del torrente sanguíneo. Como neurotransmisor, hace algo así como ‘encender’ y ‘apagar’ circuitos enteros de procesamiento neuronal en el cerebro. De ahí que la ansiedad conecte tan pero tan bien la información (lo que pensamos, creemos, especulamos) con la química del cuerpo.

          El sistema del cerebro que provoca las descargas de dopamina es el que identifica muy bien el objeto de nuestro interés. La dopamina tiene un rol protagónico en el incentivo. Pero ese sistema también consigue medir el plazo probable en que el objetivo se nos hará accesible. Necesito llegar temprano al trabajo y ¡zas! se queda el subte parado entre estaciones. ¡Marche una ración de dopamina! Y a veces parece que la ración es para dos, porque la ansiedad que comenzamos a sentir nos pone inquietos, no sabemos en qué pensar ni qué hacer, jugueteamos con los dedos y resoplamos.

          Claro que para nuestros ancestros no era lo mismo. La dopamina otrora tenía la funcionalidad básica para la que existe: preparaba el cuerpo para la acción. Lo dejaba encendido, incentivado, a efectos de que fuéramos a por nuestros intereses. Activados para salir a recoger frutos o cazar si teníamos hambre, para ir en busca de nuestras crías y pares de la tribu en caso de dispersarnos, para explorar con alerta territorios nuevos. Todo eso en lo que poníamos el cuerpo. Sin embargo, hoy más que nada ponemos la mente. Y es entonces cuando suceden estas cosas: mientras trabajamos frente a una computadora, movemos la patita frenéticamente. O revoleamos ansiosos la birome entre los dedos durante una clase en la que nos hallamos pasivamente sentados pero la cabeza nos trabaja a mil. La dopamina nos prepara para una acción que no consumamos.

          La dopamina también sale con fritas, porque no sólo es el plazo lo que miden nuestros procesos anticipatorios. Sino también la ‘forma’. Es decir, en qué grado cumpliremos nuestro objetivo. ¿Esperamos apartarnos mucho de él? Querría que al almuerzo vinieran todos mis amigos pero por la lluvia sólo están apareciendo unos pocos… Eso puede ponerme ansioso.

          Y es aquí donde entra en juego la relevancia de nuestro estilo de vida contemporáneo. Conocemos este término: intereses encontrados. Se trata de voluntades que tienen fines y motivaciones opuestas. Lo divertido del asunto es que los intereses encontrados no sólo suceden en la interacción entre personas (y eso que hoy día hay muchas… personas e interacciones). También suceden ¡dentro de nosotros mismos! Al querer más de una cosa al mismo tiempo, debemos distribuir los recursos entre los distintos propósitos. Repartir la energía, el esfuerzo, la dedicación, la atención y el tiempo. Cuando la anticipación interna interviene, obviamente reconoce que para cumplir YA un objetivo es preciso retrasar otro. Y que para cumplir al 100% un deseo, es menester resignar parte de los demás.

          Nuestra sociedad contemporánea se caracteriza, precisamente, por haber hecho proliferar una gama prácticamente incalculable de opciones a nuestro alcance. Desde niños quedamos expuestos a un abanico de posibilidades, lo cual lleva a que dentro de nosotros aparezcan una y otra vez múltiples intereses. ¿Esta camiseta o aquella de otro color? ¿Sushi o asado? ¿Nos vamos a la costa o nos vamos a Brasil? ¿Volamos por tal o por cual aerolínea? ¿Lo pago en 12 cuotas o en 18? ¿Me compro el LCD o el LED? ¿Estudio psicología, arquitectura, medicina, abogacía o administración de empresas?

          Una imagen hiperelocuente es aquella del protagonista de Vivir al límite (The hurt locker) cuando vuelve a su hogar después de desarmar bombas en Medio Oriente. Se enfrenta a toda una góndola de cereales que elegir…

          Además, probablemente mientras estamos haciendo alguna cosa anhelemos otra… Ahora estoy en el gimnasio, pero cómo me gustaría estar en el cine. Ahora estoy con mis amigos, pero cómo querría estar con mi pareja. Y por si fuera poco, nos disciplinamos en ‘tolerar’ ciertas actividades en pos de intereses de largo plazo (como trabajar para un sueldo mensual o estudiar para un título), y con ello debemos abandonar gratificaciones inmediatas. Lo que no se abandonan son las ganas, claro.

          Desde el bloqueo típico por indecisión o ‘parálisis-por-análisis’, pasando por la hiperactividad vegetativa que nos hace revolvernos inquietos en la cama, hasta el TAG (trastorno de ansiedad generalizada), son muchas las manifestaciones que actualmente asume esta emoción. Pero resulta evidente que una sobreexposición permanente a un desmedido abanico de opciones, actividades, exigencias y plazos que cumplir, generan todos estos intereses encontrados dentro de nosotros. Con los procesos anticipatorios que contrastan deseos vs. expectativas. Con la dopamina en la que chapotean nuestras neuronas. Y con la ansiedad contemporánea a flor de piel.

 

 

Refs.:

  • Nik (2011), <<Gaturro>>; La Nación Revista, Domingo 14 Agosto 2011, (p.89).
  • Bigelow, Kathryn (2008), The Hurt Locker; USA, (film).

 

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One Response to La ansiedad contemporánea

  1. raúl says:

    bienvenido stress (o será escuatro??)

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