La exigencia de la felicidad

"la fábrica de la felicidad"

          De repente miramos a nuestro alrededor y encontramos que ha proliferado un tipo de publicidad muy particular. Aquella que apela a la felicidad como estilo de vida, ‘accesible’ mediante el consumo de ciertos productos. Este tipo de publicidad perfila hacerse tan abundante como los cuerpos semidesnudos y el erotismo que ha venido acompañando por años a jeans, perfumes y algún que otro coche. ¿Qué productos son asociables a un espíritu que revaloriza el buen humor, el bienestar emocional y el permitirnos alegrías en una cotidianidad llena de exigencias? Aquellos de consumo masivo y alimentación, por supuesto.

“contagiemos la risa”

          Hace una semana aparecía en Clarín una muy buena nota que analizaba el fenómeno: Coca-Cola con su “fábrica de la felicidad”, Beldent con su “contagiemos la risa” y el ya popular <<Riquelme está feliz>> son tan sólo algunos ejemplos.

          La sobreestimulación para la felicidad, no obstante, no es exclusiva del advertising. Él es tan sólo la punta del iceberg. La cosa en realidad es más profunda. Lo publicitario últimamente busca fundamentos sólidos, y ¿qué puede bien serlo sino la ciencia? (¿No hemos visto acaso que los comerciales también se han llenado de análisis anti-bacterias, de proteínas y de efectos fisiológicos en el organismo?) Para el caso de esta nueva corriente, la publicidad se sustenta en otra ola –para nada menor- de disciplinas que recientemente han recurrido a estudiar la felicidad, como la economía y la psicología ‘positivista’. Basta con ver la tapa de la revista Time de la semana pasada para entender que la ciencia del optimismo está ‘de moda’. La ola se hace tsunami cuando apreciamos la salvajada de libros de autoayuda que han aparecido como hongos en los últimos diez años, promulgando una vida en la que debemos ser felices.

          Así que lo que en un inicio podría haber sido una vía de escape -inspirarnos para pensar en positivo y vivir con una sonrisa- termina instaurando una nueva exigencia a nivel social. Toda una corriente de pensamiento regula el positivismo. No sentirnos felices empieza a estar mal. No pensar en positivo comienza a ser socialmente objetable. No sentirnos bien todo el tiempo pareciera indicar que hay algo raro en nosotros.

          Esto es muy peligroso. Principalmente porque no deja lugar a todo un repertorio de emociones que es normal tener y que no tiene por qué llevar siempre a un estado de algarabía y satisfacción. No deja espacio a que nos permitamos esas otras emociones sin objetarlas o ser objetados por nuestros pares. Lo que termina sucediendo es que sumamos una presión adicional a nuestro sentir y no nos damos la licencia de transitar por la diversidad de experiencias para las que estamos diseñados. Se nos hace difícil tolerar la frustración, tener paciencia, e incluso postergar ciertas satisfacciones (cosa que, según los psicólogos contemporáneos, es sinónimo de inteligencia emocional).

          Si grabamos creencias normativas que nos penalizan cuando no nos sintamos tan bien, paradójicamente incentivaremos un bucle de reflexión que hará el bienestar incluso más cuesta arriba: Nos sentiremos peor al darnos cuenta de que no somos felices como ‘deberíamos’.

          Barbara Ehrenreich aborda muy bien estas cuestiones en su libro: Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo. Nos muestra con crudeza que existe un bombardeo permanente sobre nosotros de ‘pensamiento positivo’ que no termina resultando muy beneficioso que digamos. Puede llevarnos a estar siempre forzados a evitar que por nuestra mente se crucen cosas ‘que nos hacen mal’.

          Se ha popularizado, por ejemplo, una corriente de autosuperación relativa a la <<ley de atracción>> que en ocasiones muestra su lado siniestro. Como aparentemente ‘todo lo que se te cruza por la cabeza termina formando parte de tu vida’, algunas pacientes con cáncer de mama llegan a quedar expuestas -tras varios circuitos de autoayuda- a la noción de que <<si tienes cáncer es porque debes de haberlo deseado sin darte cuenta>>. El peso de no ser capaz de pensar en positivo termina gravitando sobre la paciente como una segunda enfermedad. ¿No es acaso esto una morbosa distorsión de la exigencia de la felicidad?

          Hay otro síntoma: un consejo básico de la literatura de autoayuda. <<Deshazte de las personas negativas de tu vida>>. Esto deja al desnudo un castigo social implícito que no perdona a nadie. Así corremos el riesgo de practicar la intolerancia, de rechazar a los demás por tan sólo ser como son, y de quedarnos finalmente solos.

          Un estudio de Arlie Hochschild (en la década de 1980) afirmó que dado que las azafatas están exigidas en atender a los pasajeros con continuo buen humor, llegan a sentir tanto estrés que pierden el contacto con sus propias emociones. Si el pensamiento positivo se vuelve un imperativo, empezamos a asfixiarnos en la sensación de que no estamos siendo genuinos. Estamos impidiendo que se desarrollen ciertas dinámicas emocionales que son necesarias para el abordaje de determinadas circunstancias y para la maduración. Una especie de emotus interruptus, para tomarlo con un poco de humor.

          El asunto me recuerda a un diálogo muy ingenioso en la última película de Adam Sandler, Una esposa de mentira (Just Go with It). Sandler le pide una y otra vez a unos niños que no paren de sonreír para fingir que está todo bien, hasta que uno de ellos lo descoloca: <<¿Por qué reírnos todo el tiempo?, ¿es que tenemos algún problemita?>>.

          La felicidad no puede desempeñar el papel de exigencia social. Debemos tener mucho cuidado para no adoptar este paradigma que, lejos de ser promotor del bienestar, puede obsesionarnos con más cargas que libertades.

 

 

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