Mal de muchos, consuelo de… humanos

          Éramos cuatro compañeros de trabajo sentados a la mesa de un café. Plena mañana de una jornada laboral, el local rebozaba de gente que pedía su vasito térmico y se lo llevaba para beber su ‘latte’ y comer algún que otro ‘muffin’ (todo un ‘take-away’, ahora están de moda semejantes términos en las cadenas modernas… cuando yo era chico sólo se tomaban cafés-con-leche y beibiscuí). El flujo de personas era tal que la cola para ordenar y pagar se prolongaba casi hasta la puerta, cerca de la cual se hallaba nuestra mesa. El flujo de personas también era tal que resultaba ideal para el hurto de cosas sobre las sillas y en los respaldos. Y ¡oh, casualidad! exactamente hurto es de lo que fuimos víctimas.

          Cuando dos de nosotros nos levantamos y fuimos a pedir desayunos para todo el grupo, algún malandro aprovechó la distracción de nuestros compañeros y se llevó las notebooks de arriba de la mesa. Los colegas permanecían mirando para el otro lado cuando regresamos y sólo se dieron cuenta de que nuestras computadoras ya no estaban al mismo tiempo que nosotros. Confieso que me dio mucho fastidio ver que se habían robado mi máquina. No hubo forma de atrapar a nadie: ya ni en la calle fue posible seguir su rastro. Enseguida evalué todo lo que había perdido con ella y tuve que moderar mi rabia para con los ‘distraídos’ a quienes delante de sus narices les habían sacado dos portátiles. Dos, a falta de una. ¡Éramos compañeros de oficina, vamos! ¿Es que no podían prestar atención ni unos minutos? Qué ofuscación…

          Pero, justamente, se trataba de dos robos. Yo no había sido el único. Al que me había acompañado a buscar los desayunos también le habían hurtado la compu. Si yo era un bobo, por lo menos no estaba solo. De hecho, yo mismo esperaba estar indignado. Super enojado. Pero no lo estaba. Está bien que moderé mi enfado pensando en que yo me debía haber responsabilizado de mis propias cosas. De cualquier manera, en retrospectiva creo que debe de haber contribuido el hecho de que fui víctima del 50% del caso. Eso me debe de haber brindado algo de consuelo…

          ¿Tiene lógica? Por supuesto que no, pero las emociones no tienen lógica. Bah, sí, la tienen. Tienen su propia lógica, que no es racional. Los psicólogos sociales actualmente han demostrado que nuestros cerebros se la pasan haciendo evaluaciones comparativas de nuestra situación frente a la situación de quienes nos rodean. Nos comparamos de manera prácticamente permanente. Juzgamos quién está más gordo/a o más flaco/a que yo, quién está mejor o peor vestido/a que yo, quién es más poderoso/a que yo y a quién le va mejor o peor en circunstancias semejantes a las mías. Y toda esta actividad mental se hace de manera espontánea.

          Evidentemente, mi mente debe de haber sacado la conclusión inmediata de que al no ser yo el único, no estaba peor que el otro damnificado. Y eso me brindó lo que suele llamarse credo consolans: una creencia, un modelo de la realidad, que consuela. Que hace no sentirse tan mal. Sí, bueno, habrá alguno que me diga que lo que estoy haciendo es una racionalización del asunto, justificándome interiormente para salir bien parado. Pero en todo caso, fijémonos que la comparación igual sucede, ¡y funciona a efectos emocionales! Además advirtamos lo que acontece cuando la comparación emocional trabaja en circunstancias positivas. Veamos.

          El premio Nobel en economía Daniel Kahneman trabajó en conjunto con Amos Tversky y evaluó lo que sucedía con los empleados que sorpresivamente recibían un aumento del 5% en sus sueldos. Podemos imaginárnoslo: ¡se alegraron! (Claro, no era un entorno inflacionario como el de Argentina 2011). No obstante, el experimento se extendió un paso más (sino, ¿cuál es la gracia?): luego esos mismos empleados se enteraban que a sus compañeros les habían aumentado un 10%. Y hete aquí que la alegría se desvanecía de inmediato. Ya no había por qué festejar, ¿qué es eso de que a otros comparativamente les vaya mejor que a mí? ¿Por qué? ¡Quiero explicaciones!

          ¿Será que la noción de ‘lo justo’ está fundamentada en la comparación? ¿Será que la esencia de la felicidad es en el fondo comparativa? Una idea difícil de tragar, pero actualmente se está investigando los mecanismos emocionales al respecto.

          En general, si no nos va tan mal como a los demás, no nos sentimos tan tristes. Si nos va mejor que a los demás, es motivo de emociones positivas. No necesariamente de júbilo, pero aunque sea de un afianzamiento de nuestra autoestima, de una reafirmación en uno mismo. (Para los que no quieren aceptar esto, al menos miren el lado positivo: sintiéndonos firmes y bien con nosotros mismos podemos asistir a quien está peor).

          Parece que en el sentido contrario el asunto también funciona. Si me aprisionaron el dinero en el corralito, por lo menos no fui el único. Si la inflación me está destrozando el poder adquisitivo, aunque sea estamos todos en el mismo barco. Si el feriado del 1° de Mayo cae un domingo y me pierdo un día de descanso, veámosle el lado moderador: también se lo pierden los demás.

          Sin embargo todo esto tiene su lado negativo, y es que nos lleva a conformarnos con las condiciones adversas del entorno: mientras que nos afecten a todos por igual, mis emociones no estarán tan impetuosas como para motivarme a un cambio. Tal vez sea por esto último, aunque los consuelos comparativos sean inherentes al ser humano, que el dicho recurre al apelativo de <<tontos>>.

 

Ref.:

Kahneman, D. y Tversky, A, (1984), <<Choices, values and frames>>, American Psychologist, 39, 341-350.

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