Matoncitos al colegio

          Durante esta misma semana aparecieron en las noticias titulares como los siguientes: (un click nos lleva a los artículos)

<<Lo golpearon por ser gordo y luego subieron el video a Internet>>

<<Más violencia escolar: ahora le pegaron a una chica por ser linda>>

          En estos casos, los matoncitos escolares llegaron al extremo, pero este tipo de cosas suceden todos los días entre niños y adolescentes. Es de algunas opiniones que el asunto es cosa de chicos, y el problema sólo verdaderamente empieza cuando se extiende a los jóvenes y adultos. Sin embargo, los casos que se esconden detrás de estos titulares incluyen un adolescente pateado y golpeado a codazos que terminó en el piso –mientras varios filmaban en ronda, regodeándose- y una niña con un diente quebrado, un labio partido y la pérdida de conocimiento tras ver la hemorragia. ¿Dónde está la delgada línea que separa lo inofensivo del daño irreversible? Incluyendo, por supuesto, el daño emocional que no sólo se limita a una humillación en lo inmediato sino también a quedar condicionado internamente como ‘vulnerable’, ‘desmerecido’, y con todo un repertorio de miedos anticipatorios.

          Conociendo cómo se inscriben los condicionamientos sociales en nuestro cableado cerebral (sí, hablamos literalmente de cambios en las conexiones de las neuronas), resulta de alguna manera un crimen abusar de alguien emocionalmente o someterlo a cualquier tipo de acoso moral. Porque, en efecto, promueve en esa persona una sensación duradera de menosprecio. La típica autoimagen de inferioridad o impotencia. Más marcadamente en un humano joven, de hecho, pues tiene un cerebro más ‘plástico’. Vaya a saber uno cómo queda latente esa impronta como un modelo propio de identidad que posteriormente en la vida limita la autoestima y la firmeza para relacionarse con otros u alcanzar objetivos. Como dirían los suizos François Ansermet y Pierre Magistretti, una <<huella sináptica>> limitante.

          Pero por otro lado, existe otro conocimiento moderno acerca de qué nos hace ser como somos, que pone un contrapeso al argumento anterior. Los aportes vienen de la psicología evolutiva: esa rama que procura desentrañar cómo llegamos a tener determinados procesos emocionales y cognitivos en función a haber evolucionado desde especies anteriores. Se trata de un mecanismo comparativo que todos llevamos por dentro de origen y que nos hace apreciarnos permanentemente en nuestros atributos en relación a los demás. De hecho, la comparación está acentuada, hiperactivada, particularmente en las etapas jóvenes de nuestra vida. Y más aún, nuestra mente funciona como un especialista de marketing y estadística: no nos compara con cualquiera, sino que segmenta en ‘clusters’. Les presta atención específicamente a los pares con capacidades y atributos semejantes en el entorno cercano donde nos desempeñemos.

          El propósito funcional de esta comparación es evidente: conseguimos entender dónde nos posicionamos dentro de nuestra sociedad y cuál es nuestro repertorio de características que nos hace únicos e irrepetibles en algunas cosas, mientras que nos da la sensación de semejanza y pertenencia en otras.

          Pero la comparación tiene sus distorsiones. Al probar sus capacidades frente a las de sus amiguitos, hay niños que trascienden la simple relación quién-es-más-rápido-en-el-patio o quién-tiene-la-mayor-cantidad-de-figuritas. Terminan verificando que son más robustos y fuertes, y disfrutan poniéndose a prueba contra los más débiles. Aprovechan la brecha que los separa de quienes por ser ‘gordos’, por ejemplo, ya están menos ‘autorizados’ socialmente para defenderse (por ser la gordura un atributo ridiculizante en dicho entorno social). Se hacen así matoncitos. Y la cosa no sólo se limita a los varones. A una niña le duele reconocer que hay otra vista como más bonita que ella, o compararse y apreciar que no es tan delgada como ‘le convendría’ dentro de los estándares sociales. Nace así un juego de jerarquización espontánea y búsqueda de re-jerarquización ante advertir una posición no favorable en el grupo social.

          La polémica podría agravarse si malinterpretamos los conceptos trabajados por la psicóloga norteamericana Judith Rich Harris. Esta comparación y este juego de jerarquías –que suceden a lo largo de toda nuestra vida- dan lugar a lo que ella llama <<el subsistema de Status>>. Que vendría a ser la versión más refinada, más ‘humana, del <<rango>> en los animales. Machos alfa de la manada, chimpancés hembras más dominantes, etc. En el aspecto más evolutivo, el subsistema de Status tiene su costado útil, ya que organiza sociedades y estimula que identifiquemos las características en las que no nos vemos tan bien a efectos de mejorarlas.

          El origen del abuso de algunos matoncitos puede ser comprobarse y afianzarse como los dominantes y populares del grupo. Y el origen de conductas hostiles contra ‘la más linda’ puede radicar en el dolor de reconocerse como inferior en belleza. Entonces, ¿el matoneo debe permitirse? ¡Cuidado! No podemos caer en la falacia naturalista de asumir que una conducta está bien sólo porque está sustentada en subsistemas psicológicos que vienen de antaño. Una cosa es explicar la conducta y otra muy distinta es justificarla.

          ¿Todo esto hace a los chicos malos por naturaleza? ¡No! De ninguna manera. Una vez clarificadas las motivaciones intrínsecas por las que se desarrollan este tipo de problemas, tenemos que dar el siguiente paso. Que involucra volver a considerar el daño que se hace en otros si se deja rienda suelta al matoneo. Y más cuando el matoneo recurre a un dolor ya preexistente en el individuo objetivo (ser ‘gordo’ ya es suficiente fuente de angustias para su inserción en el grupo).

          Todos estamos dotados con los mismos recursos psicológicos (bio-psicológicos, mejor dicho), y entre ellos contamos con lóbulos prefrontales que debemos adiestrar desde etapas tempranas. Son los que pueden realizar evaluaciones complejas sobre las consecuencias de nuestras conductas, anticipar las interacciones sociales, e incluso inhibir reacciones emocionales impetuosas. Esto significa, más coloquialmente, que tenemos un camino hacia la solución ya andado, ¡porque lo llevamos dentro! Dentro de ese mismo cerebro también preparado para jerarquizarse o para autocondicionarse en la adversidad.

          Si logramos que las familias y profesionales (maestros, preceptores…) a cargo de niños y adolescentes asuman responsabilidad en adiestrar sus comportamientos pasándolos a un plano más reflexivo, amainaremos tanto el dolor de la víctima (¡porque habrá menos víctimas!) como el dolor de quien no se asume como ‘tan linda’ o ‘lo suficientemente poderoso’. Tomar consciencia de las dinámicas de relacionamiento distorsionadas es sólo el primer paso para avanzar. No debemos dormir sólo en la polémica.

 

 

Refs.:

  • Ansermet, François y Magistretti, Pierre (2004), A cada cual su cerebro. Plasticidad neuronal e inconsciente; Katz, Buenos Aires, 2008.
  • Harris, Judith Rich (2006), No Two Alike: human nature and human individuality; W. W. Norton & Company, New York, 2007.

 

This entry was posted in actualidad, la comparación and tagged , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink.

One Response to Matoncitos al colegio

  1. qfwfq78 says:

    Cuando vi esas noticias pensé justamente que fundamentalmente no tienen nada de nuevo… casos de crueldad entre chicos hay a patadas. Coincido en la distinción entre “natural” y “bien”. Tal vez sea hora de una relectura de “El señor de las moscas”.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>