“Queremos construir una máquina que esté orgullosa de nosotros”

          Ese era el lema de la organización <<Thinking Machines Corporation>> que Daniel Hillis había co-fundado en la década de los ’80. En ese momento Hillis hacía su tesis doctoral en el MIT (Massachusetts Institute of Technology) en el área de computación masiva en paralelo. Un tipo de procesamiento computacional realmente complejo, vinculado con el área de Inteligencia Artificial (I.A.). La frase apela con humor a una de las mayores ambiciones de aquellos que investigan cómo diseñar una máquina que sea ‘inteligente’ verdaderamente.

          Pasado el chiste, debajo de ese humor la ambición es realmente seria. El ámbito disciplinar de I.A. procura desentrañar cuál es el conexionismo de los circuitos que darían lugar a un tratamiento de la información semejante al que hace nuestro cerebro. La idea de neuro-computación es que, si todos nuestros pensamientos y sentimientos se sustentan en la gestión de la información que hacen nuestras neuronas, eso podría replicarse con otro tipo de circuitería no necesariamente biológica. Y como última aspiración, los científicos podrían crear una máquina que pensaría por sí misma y tendría emociones. Temas de tantas películas… desde la propia AI de Spielberg a la Terminator de Cameron, e incluso la famosa Matrix.

          Pero el punto que quiero destacar aquí no está relacionado con la I.A. en sí misma. De hecho, los neurocientíficos modernos han identificado toda una serie de mecanismos químicos que involucran a las neuronas y al resto del cuerpo (sistemas inmunológico y endocrino incluidos) que harían insuficiente el modelo de que una máquina sea capaz de sentir gracias a una mera gestión de la información con impulsos eléctricos. El punto que quiero destacar aquí se encierra en la propia frase del título.

          Muchas veces, sacar de contexto una oración nos permite descubrir qué hay detrás de las intenciones e intereses de la persona, que no tienen necesariamente que ver en sí mismas con el tema que se está tratando. En este caso, creo que la frase habla más de una motivación humana fundamental que de cualquier otra cosa. Fijémonos que no queremos una máquina <<que nos muestre indiferencia o desdén>>. Buscamos crear algo que nos admire, que nos deba respeto, que nos aprecie.

          A esa motivación humana fundamental llamo yo búsqueda de aprobación. Es la misma que nos hace preferir adoptar como mascota a un perro que salte de alegría al vernos llegar o a un gato que se frote contra nuestras piernas y ronronee. Y no a una iguana fría y calculadora, a un canario que rehúye nuestra mano nutricia, o a una tortuga que ni-fu-ni-fa cuando le tiramos buena onda. “Pero yo tengo un tío que tiene una lagartija…” me dirá alguno. Pues bien, su tío conseguirá la aprobación suficiente de otro lado.

          En realidad, buscamos la aprobación fundamentalmente de parte de nuestros pares, de quienes nos rodean, de nuestros colegas, de nuestros amigos, parejas y familiares. Y la forma en que la buscamos se manifiesta de infinidad de maneras. Apreciamos una palabra de aliento, nos anima un apretón de manos, nos inspira un abrazo y nos estimula que nos quieran y nos demuestren afecto. No obstante, esta motivación humana es tan profunda y está tan arraigada –por así decirlo- en nuestros principios emocionales, que funciona hasta cuando tenemos adelante un paquete de circuitos y engranajes que simulan ser un animal. Como uno de esos perritos de peluche que venden por la calle que ladran,  se mueven y sacan la lengüita.

          ¿Qué preferimos, el robotito de aristas y ángulos agudos que habla con voz de témpano y sólo obedece órdenes, o algún androide peludo y amistoso que no resuelve mucho pero nos muestra cariño y dice que nos quiere? No hay necesidad de que exista la I.A.: ese tipo de máquinas hoy día se pueden inventar y ya se lo hace. Se llaman juguetes. Pareciera que tienen sentimientos y piensan, pero sólo están programados adecuadamente.

          Nuestras creaciones más antropomórficas (que se parecen a las personas) están repletas de atributos que obedecen a nuestra avidez por ser retribuidos y valorados. Hasta las que tienen dos dimensiones, como las animaciones modernas del cine.

Si es que alguna vez se avanza lo suficiente en I.A., probablemente se venderán lavarropas que se pongan contentos de ver a sus dueños.

 

Ref.:

Minsky, Marvin (2006), La Máquina de las Emociones: sentido común, inteligencia artificial y el futuro de la mente humana; Debate, Buenos Aires, 2010; (p.75).

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