Sobre rosas, zorros, perritos y humanos

          Hace un par de semanas una compañera de trabajo se compró un perrito. Venía queriéndolo hace tiempo; más de dos años, de hecho. Pero sólo se atrevió a concretarlo ahora que va a disponer de algunas horas más por día para cuidarlo. En efecto, encontró lo que quería: una hembra de raza maltés, pequeña y de lindo color, ideal para un departamento en el centro: no ocupa mucho volumen, no tiene ladrido estruendoso ni ensucia demasiado.

          Ahora, por supuesto, ella está apasionada por la perrita… Le encanta, la quiere y la cuida con locura. No la cambia por nada. La escogió, podríamos decir, ‘definitivamente’. Y ése es el gran punto para reflexionar. ¿Cómo comienza una relación? Extendiendo el asunto a los humanos, ¿cuál es el preciso instante en el que escogemos a alguien para vincularnos? En muchos casos sí que lo escogemos ‘definitivamente’… (por más que luego la relación no se extienda de por vida). Y aunque en otros casos la decisión no sea ‘definitiva’, eso no quita que en sí misma sea una elección al fin.

          Hay un delicado momento en el que la perrita pasa de ser una ilusión a ser una realidad preferida por sobre cualquier otra mascota de su clase. Todos gustamos de los cachorritos peluditos, pero ‘gustar’ queda pequeño si ese cachorrito es nuestro. Probablemente sucedió cuando mi compañera identificó en el criadero a un individuo en particular de todo el grupo, sin saber a ciencia cierta qué la estaba motivando a hacerlo. O probablemente tuvo lugar cuando el veterinario arbitrariamente le llevó a sus brazos esa bolita de peluche que hace <<guif>>… y ésa pasó inexorablemente a ser irresistible. ¿Cómo hacer otra elección? ¿Cómo pensar en otra?

          En una metáfora sublime sobre las relaciones humanas, Antoine de Saint-Exupéry aborda el tema con las siguientes palabras:

 

—¿Quién eres tú? —preguntó el principito—. ¡Qué bonito eres!

—Soy un zorro —dijo el zorro.

—Ven a jugar conmigo —le propuso el principito—, ¡estoy tan triste!

—No puedo jugar contigo —dijo el zorro—, no estoy domesticado.

—¡Ah, perdón! —dijo el principito.

Pero después de una breve reflexión, añadió:

—¿Qué significa “domesticar”? […]

—Es una cosa ya olvidada —dijo el zorro—, significa “crear vínculos… “

—¿Crear vínculos?

—Efectivamente, verás —dijo el zorro—. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…

—Comienzo a comprender —dijo el principito—. Hay una flor… creo que ella me ha domesticado… […]

—Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo. […]

Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo.

 

          Allí reina el secreto: en la domesticación. Cuando nos domesticamos mutuamente ya nada más es nunca igual. ¿Cuántos cientos de personas viajan con nosotros en los colectivos o en los subtes? ¿A cuántos miles nos cruzamos por la calle? Es inquietante advertir que cualquiera de esos desconocidos a los que ni prestamos atención, por los que no sentimos nada profundo, podría haberse hecho único en el mundo para nosotros si lo hubiéramos conocido en otras circunstancias.

          En un análogo con la veterinaria o el criadero de perritos, a veces las personas ‘nos tocan’ –como en el trabajo, o en un curso, o en un viaje- y a veces las buscamos selectivamente. Pero en toda ocasión es sólo con algunas que elegimos esa domesticación. De cualquier manera… esto sigue sin resolver a quiénes elegimos. ¿Será tal vez que preexisten razones por las cuales seleccionamos a algunos y no a otros para domesticar y dejarnos domesticar?

          Para quienes gustan de pensar que el destino une a la gente sin ninguna participación de uno mismo, la siguiente idea puede resultar incómoda. Pero la verdad es que sí hacemos nuestra parte. Contribuimos por lo menos en que tenemos de antemano ciertos parámetros para permeabilizarnos ante alguien, y escogerlo como aquel a quien le permitamos domesticarnos. Fijémonos cómo Saint-Exupéry no deja afuera esta consideración: el principito se topa con el zorro, sí, en parte gracias a ese ‘destino’ ingobernable. Pero termina reparando en él porque… ¡le resulta bonito! Le habla porque le gusta, cosa que incentiva su curiosidad y baja sus barreras. Por otro lado, el zorro busca el sol, la música, romper con la monotonía, alegrarse. ¿No es ésta acaso una buena razón para dejarse llevar?

          Sea cual fuere el motivo, siempre preexiste dentro de nosotros antes de conocer a esa persona. Llevamos expectativas de lo que queremos para un vínculo, y eso es lo que nos conduce a concluir si tal o cual amerita la inversión. Nos hace permeables. Tal vez no estemos ‘buscando’ al amor-de-nuestra-vida, pero sí estamos dispuestos a tener un amor-de-nuestra-vida (que tendrá ciertos rasgos deseables, explícitos o no para nuestra consciencia). Eso hará que cuando nos topemos con el/la candidato/a compatible nos dejemos domesticar. Tal vez estemos buscando (o simplemente receptivos a) esa persona que nos saque de la rutina, ese amigo que nos acompañe en aventuras, esa compañera de ruta que nos haga descubrir cosas de nosotros mismos que no conocíamos, ese mentor que nos inspire… Estamos abiertos a una determinada calidad de vínculo, a un determinado rol.

          ¡Qué interesante advertir semejante predisposición! Podríamos entender por qué hemos escogido a cierta persona en un momento concreto de nuestras vidas. ¿Será verdad que no elegimos de quién enamorarnos? ¿O sí, aportamos nuestros buenos parámetros? ¿Acaso no sentimos que elegimos a nuestros amigos?

          Al fin y al cabo haremos, dándonos cuenta o no, esa elección. Esa particular rosa, zorro, perrito o persona que, dure lo que dure, se hará única en el mundo.

 

 

Ref.:

  • Saint-Exupéry, Antoine de (1943), El Principito; Emecé; Buenos Aires, 2009.

 

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3 Responses to Sobre rosas, zorros, perritos y humanos

  1. Juan José says:

    No estoy muy seguro de la domesticación como metáfora de la generación vincular, dado que la veo como un subtipo de vínculo de codependencia. La “necesidad” vincular responde más a vacíos propios que a características emergentes del vínculo.

    Sí creo en una identificación progresiva, en un feedback circular que nos va afianzando o alejando de un determinado vínculo potencial. El problema es que la catalogación o clasificación primaria sobre la que operamos respecto de otras personas es más una proyección de nuestra psique que una percepción del otro, la cual se va filtrando y depurando con repetidas interacciones,.

    Por otro lado, creo que los “parámetros de afinidad” reales nos son velados, mientras que los “parámetros de afinidad” que creemos sostener, muchas veces resultan falsos, y nos direccionan a actuar en contra de nuestro interés último (que asumo es la felicidad, arbitrariamente). Nuestros verdaderos “parámetros” se encuentran muy profundo en un largo viaje de autoconocimiento.
    Sospecho que si uno se conoce lo suficiente como para ser consciente de éstos, en realidad ya uno es capaz de aceptar a cualquier/toda persona como única y tomar de aquellas lo que sirve, y lo que no, dejarlo ir. La ironía es que para cuando podríamos actuar en función de nuestros parámetros, ya no nos serían necesarios.

  2. Federico: como siempre, tu línea de pensamiento y análisis de cada tema, me siguen cautivando. En este caso en particular y teniendo en cuenta el comentario de Juan José, quisiera aportar una mirada personal que no pretende ser mas que una humilde opinión. Creo que cuando uno se brinda y “domestica” y es “domesticado” (y en esto adhiero a la maravillosa metáfora de El Principito), hay una gran diferencia entre “tener expectativas” y “mantenerse expectante”. Si en el vínculo naciente o buscado, se pretende experimentar la completud, estaríamos frente a un “tomador”, que necesita nutrirse del otro y en este caso, lleva un catálogo de virtudes buscadas, que le hace ver en el otro cualidades que “tal vez” no posea y mantener en transparencia “defectos” que no nos gustan. Es lo que suele pasar en el enamoramiento (esa enfermedad transitoria de la mente que, cuando se “cura”, nos hace creer que el otro cambió o nos engañó por no ser como “era”, cuando en realidad ahora es real y antes una proyección nuestra). En cambio, cuando se da una relación de amistad, el vínculo va creciendo sin meta fija. En general, cada uno se va mostrando como es, sin expectativas y el compartir el camino va haciendo que cada uno forme parte del paisaje del otro. Un día te das cuenta de que el camino recorrido está consolidado y hay un historial de vivencias compartidas que le dieron sustento. Por eso, estoy empezando a considerar que, mas allá del “flechazo” inicial cuando se conoce a una mujer (en mi caso) o a un hombre, al compañero ideal se lo encuentra luego de recorrer juntos un camino sin expectativas, aunque si estando expectante. Pero, sí o sí, creo que es imprescindible unirse al otro desde la posibilidad del “dar”. De compartir lo que somos, mas que de buscar en el otro lo que nos falta. En ese dar y darse, en un 100 por ciento, estamos abiertos a recibir lo que el otro también quiere compartir. Bueno, Federico, fuí mas extenso de lo que me había propuesto. Espero no haber sacrificado, al menos, claridad. Un abrazo. Jorge

  3. Marina Castro says:

    Hola Federico… comencé a leer este posteo(que me llamó la atención por su título, ya que El principito ha sido uno de mis libros de cabecera desde siempre) y me sonó mal de entrada la palabra “criadero”…Perdón pero no pretendo tocar el tema desde mi punto de vista de proteccionista independiente (estoy en contra de la venta de animales y no es mi intención opinar acerca de tu amiga).Entiendo que buscaste un ejemplo aunque no estoy segura de que haya sido el acertado…
    Coincido que ni bien se inicia una relación,a veces sin buscarlo aparece una especie de “domesticación” (acostumbramiento al otro: sus horarios, sus gustos, etc,)pero creo que tiene mucho que ver la empatía inconsciente que se establece entre las dos partes…a veces es sólo una parte la que hace la elección y de esa forma no podrá haber nunca “domesticación” ni afianzamiento…no te parece??En ese punto concuerdo con Juan José, cuando habla de feedback circular… debe ser recíproco el sentimiento…
    Lo primero que me vino a la mente cuando comencé a leer el artículo, fue una de las primeras cosas que leí en internet allá por el año 2000 y usualmente siempre aplico a mi vida y a mis relaciones…Seguramente debés conocer este texto del que hablo:
    ERES UNA RAZÓN, UNA ESTACIÓN O PARA TODA LA VIDA…
    A mí particularmente el tiempo me ha vuelto muy selectiva en cuanto a relaciones…supongo que a determinada edad sólo pretendo estar “bien” con alguien, en paz, compartir…y ahí coincido con Jorge, desde la posibilidad del dar…
    Bueno, me dejo de delirar…Beso Marina

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