Emociones y expectativas en el mercado (y diario de una obsesión…)

Hoy es sábado 26 de Mayo. Hoy por la mañana quedé sorprendido al ver los diarios. Mirá que a esta altura ya uno no se sorprende de lo que aparece en la prensa. Pero debo reconocer que lo que vi hoy me impresionó. Tomemos La Nación, por ejemplo. ¿Algún titular? ¿Alguna noticia concreta? No. Lisa y llanamente: el todo. (¿Te acordás de la famosa frase de que <<el todo es más que la suma de las partes>>?). De 32 páginas que tiene el cuerpo principal, 20 (sí, veinte) están dedicadas -a página completa- a promociones, descuentos y al incentivo del consumo inmediato (¡ya!) en casas de artículos para el hogar y electrónica, shoppings, supermercados, locales de ropa, etc. a través de bancos, tarjetas de crédito y tarjetas de fidelización.

Sí, ‘robapáginas’ hemos visto todos (publicidades que abarcan toda la extensión de la hoja). Pero que más del 60% de las páginas de un diario estén dedicadas a eso es una exageración. ¡Atención! ¿Qué hay detrás de semejante enloquecimiento por descuentos y consumo inmediato? Respuesta: Hay cientos y miles de personas que están en esas empresas (de consumo masivo, financieras, locales, de crédito, bancos, etc.) que creen que HOY es el momento de incentivar el consumo a toda costa. ¿Y por qué hoy? Porque en las mentes de esas personas, que están confeccionando las promociones, los avisos y la operatoria para que sucedan, está pasando lo mismo que por las mentes de millones de argentinos: <<La plata que tengo hoy me sirve sólo para el cortísimo plazo. No puedo ahorrar porque pronto puede no valer nada. No puedo comprar grandes bienes porque no me da el cuero (no llego al auto y no da para meterse hoy en día en un préstamo, y menos que menos llego al departamento). Ni siquiera puedo comprar dólares. Así que mejor la gasto hoy en algo pequeño que pueda pagar, como un montón de ropa, un colchón, un lavarropas o una TV>>.

Nuestros cerebros humanos tienen la habilidad fundamental de evaluar escenarios futuros: nos generamos expectativas de qué es lo que podría pasar. Y con esas expectativas, por supuesto, sobrevienen procesos emocionales. Si anticipamos algo que no nos conviene, nos preocupamos. Si por el contrario las expectativas fueran de algo positivo, surgirían la esperanza y el incentivo. Pero la cosa no es que las expectativas detonan emociones y punto. Las propias emociones modulan el tipo de expectativas que elaboramos –mayormente con una parte de la corteza cerebral que nos diferencia muy bien de otros animales: los lóbulos prefrontales. Si tenemos miedo, pongamos por caso, generaremos anticipaciones sobre el futuro que nos desalentarán de actuar hacia nuestros objetivos.

Ninguna actividad humana está exenta de nuestros procesos emocionales. Nuestro cerebro no dice: <<Pará. En la economía no me meto>>. Así que la economía misma, y los mercados, se comportan como el resultado de la interacción de todas las personas que los integran. De manera muy compleja y ‘emergente’, claro. Pero es innegable que las emociones y las expectativas orientan de primera mano el rumbo de los sucesos económicos.

Las emociones que están imperando en el mercado en estos momentos están causando expectativas de incertidumbre total respecto a lo que va a venir. Y esas expectativas provocan decisiones económicas que no contemplan el mediano plazo (ni hablar del largo). Esa es la razón de tanta obsesión con el consumo inmediato y con usar la plata que tengamos ahora, viviendo el presente. Pero… cuando se llega a la escala de la obsesión, como se ve en la distribución de anuncios de La Nación de hoy (¡ah!, y también en las noticias: de las 12 páginas que quedan, 5 de ellas contienen artículos sobre la economía o el dólar), no puede vaticinarse nada bueno.

Tracemos paralelos: ¿qué le pasa a una chica cuando se obsesiona con la comida porque quiere hacer dieta y le cuesta mucho? Toda su vida termina girando en torno a la alimentación con una fijación tremenda. Lugar a donde va, lugar donde ve a todos comer. Imaginemos también un marido celoso obsesionado con la idea de que su mujer lo engaña. Su cabeza va a estar colapsada con la persecución mental a toda hora, durante el viaje en tren, en el trabajo… Ninguno de estos casos termina bien: pueden desarrollarse desórdenes alimenticios como la bulimia o la anorexia, o el autoaislamiento social por creerse gorda. Puede tener lugar el fenómeno de la profecía autocumplida: la asfixia y el cargoseo del marido sobre la mujer hacen que ella ya no lo aguante más y se separe –claro, una vez independiente, ahí sí puede relacionarse con otro, como él tanto temía. O hasta en el peor de los casos la violencia doméstica, o un crimen pasional.

En ningún lado de esta nota estoy haciendo un juicio de valor sobre si están bien o están mal las medidas económicas, o que se hagan promociones, o que uno piense en la economía y el dólar. Lo que estoy haciendo es aprovechar la evidencia que tuve en mis manos hoy, para llamar la atención de que, inexorablemente, todo el asunto escaló hacia una obsesión. A todo nivel.

Desde el punto de vista emocional/social, si una obsesión no se resuelve a tiempo, produce
agravantes como los de arriba. Es altamente probable que pronto conozcamos problemáticas en los mercados que hoy ni se nos ocurren (ni deseamos que sucedan), pero que se desprenderán como consecuencia del complejo juego emocional de atención selectiva que estamos poniendo todos en la economía.

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