¿Dónde están los límites del dolor por rechazo?

            Hace un año y medio, más o menos, salió una noticia que vale la pena recordar. Se trataba de una niña que en aquel entonces tenía 7 añitos. Hoy es toda una mujer, claro, de… como mucho… nueve años. Justamente, ironías aparte, el hecho de que casi no haya diferencia en su condición de niña me permite apelar a la noticia como si fuese fresca. La historia sigue teniendo la misma vigencia.

            Los titulares decían: <<Operaron las orejas de una niña de siete años para no ser blanco de burlas>>. ¿Qué tal? Samantha Shaw, que sigue yendo a un colegio primario de Estados Unidos, quiso en aquel entonces hacerse una cirugía plástica para corregir el ángulo de salida de sus orejas. Parece que sus compañeritos de clase le tomaban el pelo permanentemente, y ella vivía angustiada. El médico que le hizo la operación declaró que los rasgos ‘anormales’ pueden resultar una tortura emocional para los chicos. Pero si ves las fotos de Samantha antes de la intervención, la cosa no era tan grave como para llamarla ‘anormal’.

            El tema acá verdaderamente radica en cuánto dolor le genera a alguien ser objeto de burlas, y en cómo ese dolor puede llevar a una persona (inclusive a una personita) a magnificar un defecto al punto de hacerlo insufrible. Todo es cuestión de una interpretación distorsionada, claro. Fijate que el dolor que todas las personas sentimos cuando nos rechazan -cuando no nos sentimos incluidos en el grupo de pertenencia que queremos- es algo tan universal que funciona desde que somos chiquitos.

            La respuesta que ofrece la psicología evolutiva es contundente: las crías de humanos están tan desvalidas desde su nacimiento y durante su infancia, que todo su abanico de emociones al principio está puesto al servicio de asegurar que los padres cuiden de ellas. Por eso enternecemos a los adultos con esa cara de ‘pobrecito’ (la típica que pone el gato con botas), y por eso nos duele tanto que se alejen de nosotros. El mecanismo del dolor es tal que biológicamente nos induce a hacer todo lo posible para reparar esa distancia. Como por ejemplo, llorar, apelando a la ternura y al consuelo.

            En tiempos inmemoriales también pasaba que, incluso de adultos, quedar alejados de la manada era prácticamente una sentencia de muerte: nos podía comer cualquier predador. Así que ese mismo mecanismo útil de cuando éramos niños indefensos siguió funcionando -con sus bemoles- para hacernos sentir dolor ante cualquier exclusión, ante cualquier rechazo. Claro que ya de grandes, y más que nunca hoy día, contamos con un repertorio de habilidades que nos ayudan a paliar la soledad. Podemos manejar la sensación de ser desaprobados y no tenidos en cuenta bastante mejor que los niños o que nuestros antepasados primitivos.

            El tema es, ¿tienen los niños ese repertorio de habilidades? No podemos negar que los chicos sufren el rechazo, pero… ¿Hasta qué punto permitirles (o incluso promover) que se operen desde tan temprano, como solución para sentirse mejor y generar la aceptación de sus pares?

Refs.:

• Lieberman, Matthew y Eisenberger, Naomi (2005), <<A Pain by any other Name (Rejection, Exclusion, Ostracism) still Hurts the Same: The Role of Dorsal Anterior Cingulate Cortex in Social and Physical Pain>>, en J. Cacioppo et al. (eds.), Social Neuroscience: People Thinking About People, MIT Press, Cambridge, 2005.

http://inyourface.ocregister.com/2011/04/15/7-year-olds-plastic-surgery-was-extreme/28329/

http://www.tressugar.com/Plastic-Surgery-Children-Debate-15806074

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