La mala sangre

Ya lo decía mi abuela: <<¡No te hagas mala sangre!>>. Bah, en realidad, mi abuela no era la única. Apuesto a que lo han dicho tantas abuelas… Y lo siguen diciendo. A veces me pregunto, ¿qué intuición será la que se esconde tras estos dichos populares? Porque en ocasiones resultan muy acertados, como la ciencia misma consigue demostrar.

Sí, efectivamente, cuando nos enojamos o nos estresamos, por nuestras venas corre una alquimia emocional muy curiosa. Se trata de hormonas. Las <<hormonas del estrés>>, como le llaman genéricamente los especialistas. Básicamente, son tres: Primero, la famosa adrenalina, esa que hace furor dentro de los deportistas de riesgo. Luego, una con nombre parecido, la noradrenalina, que se encarga de aumentar el nivel de alerta mental y corporal, y de consecuentemente agilizar las respuestas musculares de brazos y piernas. Y finalmente, los glucocorticoides que, sí, como encierra su nombre, algo tienen que ver con la glucosa y con los corticoides.

Estas tres hormonas cabalgan frenéticamente en nuestro torrente sanguíneo para movilizar la energía de nuestro cuerpo y poner la glucosa en circulación (que es, justamente, combustible muscular). La razón por la que esto sucede viene de tiempos inmemoriales. Nuestros antepasados evolutivos –hablamos de cientos de miles de años atrás, ojo- estaban siempre en riesgo. Podían ser comida para los leones, o cualquier otro predador de la época (archi-tátarara-abuelos de los leones), así que todo ataque debía responderse… o bien luchando, o bien saliendo de estampida. La naturaleza es sabia, tenemos un organismo bien preparado.

El problema es que, en el entorno actual que vivimos, los factores que nos estresan no suelen ser agudos, como un tigre diente-de-sable a la vuelta de la esquina. Son más bien crónicos y abundantes. El tráfico que nos saca de quicio, la inflación, los dramas del trabajo, las facturas a pagar… Aún así, nuestro cuerpo reacciona de la misma manera que el de nuestros antepasados. Oleadas de adrenalina, noradrenalina y glucocorticoides. Y para colmo, no le damos el tiempo de recuperarse. Cada ola avanza sobre la anterior, una y otra vez.

Cuando esta concentración en sangre se prolonga más de lo necesario, vivimos todos los días como si fueran una emergencia, tensionados permanentemente y preparados para pelear o correr cuando debemos estar quietitos. Claro, así pagamos el precio. Sentimos los efectos del estrés a largo plazo: nos bajan las defensas, nos sube la presión y hasta podemos desarrollar úlceras.

¡Qué razón tenía mi abuela! No te hagas mala sangre…

 

Ref.:
•          Sapolsky, Robert (2004), ¿Por qué las cebras no tienen úlcera? La guía del Estrés; Alianza, Madrid, 2008.

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