¡Yo tambien quiero!

          <<Mamá, mamá, ¡yo quiero eso!, ¡quiero!>>, dice el nene mientras señala un helado que lleva un compañerito de clase a la salida del colegio. Una situación típica, ¿no? Pero que no se limita en absoluto a los chicos. De adolescentes queremos tener la misma ropa que otros. De jóvenes, el mismo auto. De adultos, las mismas modas y tendencias, sean cuales fueren. ¿Qué es lo que nos hace sentir como mono-veo-mono-quiero?

          Algunos posts atrás (podés fijarte más abajo aquí en el blog) hablé de las neuronas espejo; aquella circuitería cerebral que nos lleva a experimentar dentro de nosotros la experiencia ajena. O sea, el cableado que fundamenta la empatía. ¿Cómo funcionaban esas neuronas espejo? Son neuronas para mover nuestro cuerpo (y por ende nuestro rostro) que se activan al simplemente ver el movimiento del cuerpo (o del rostro) de otra persona. Funcionan como si internamente tuvieras un indicador para saber qué es lo que podés hacer vos mismo, al ver a otro miembro de tu misma especie hacerlo.

          El neurofisiólogo Marco Iacoboni -un italiano, colega de aquellos científicos que hace cosa de veinte años descubrieron las neuronas espejo- está hoy día metido de lleno en investigar los mecanismos de la empatía. Y sugiere algo interesantísimo. Iacoboni propone que esos mismos fundamentos de la empatía son los fundamentos de la imitación humana. Nuestra irresistible tendencia a imitar a los demás, según Iacoboni, está sustentada en esas mismas neuronas que promueven la replicación interna de lo que vemos. Un escritor y filósofo estadounidense (Eric Hoffer) una vez dijo: <<Cuando tenemos la libertad de hacer lo que queremos, por lo general, nos imitamos>>. ¡Y cuánta razón que tenía!

          Por si no te convencen las palabras, hacé click en la primera imagen del monito y mirá el video: los circuitos de la imitación son tan profundos que vienen cableados también en nuestros parientes evolutivos cercanos. (Eso muestra que acarreamos esta circuitería desde un antepasado en común, antes siquiera de que fuéramos estos homo sapiens que somos ahora –bueno… homo sapiens sentiens, quiero decir). Los monitos recién nacidos sacan la lengua espontáneamente cuando ven que alguien lo hace, por supuesto sin ningún razonamiento ni proceso reflexivo.

          Ah, ¿todavía no te convenciste? Hace click aquí y mirá este bebé humano nacido hace nada más que 10 minutos, que no sabe siquiera que tiene una cara, y sin embargo sus procesos cerebrales le permiten imitar de forma espontánea y no razonada.

          Todo lo expuesto arriba significa que hay fundamentos neurales por los cuales queremos tener lo que los demás tienen, y queremos hacer lo que los demás hacen. Esta circuitería tan diminuta es la que explica las modas a nivel social, la explosión de ventas de algún producto que seduce a todos, y hasta –por qué no- el incremento desbordante del parque automotor. Incluso explica esa sensación interna de obligación comparativa: tengo que tener el último modelo de celular, tengo que tener ese par de zapatos…

          ¿Y vos? ¿Qué estás pensando hacer hoy? ¿Qué tenés en mente comprar? Pará unos instantes y reflexioná… ¿cuándo fue la última vez que viste a alguien hacer o tener eso? Probablemente ese momento haya contribuido a despertar tu necesidad por dentro.

          Hay especialistas de una nueva disciplina llamada Neuromarketing, que están metidos de lleno en este asunto. Están construyendo modelos de comercialización, presentación y distribución de productos, de manera tal de ‘tocar’ justo esos circuitos cerebrales empáticos claves en la imitación. ¡Cuidado! Podría ser como la seducción irresistible del canto de la sirena…

Refs.:

• Iacoboni, Marco (2008), Las neuronas espejo. Empatía, neuropolítica, autismo, imitación o de cómo entendemos a los otros; Katz; Madrid, 2009.

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