Emociones después de las vacaciones

          Ya llegando a fines de Febrero, es bueno reflexionar sobre las emociones que uno siente después de volver de vacaciones… Y por qué las siente.

          ¿Para qué te tomás vacaciones? ¿Para descansar o para escapar? Aunque ‘escapar’ sea un término que usemos habitualmente de manera bastante ambigua e inocente (<<¡dale, gordi!, ¿nos hacemos una escapadita el finde largo?>>), en este caso quiero marcar la diferencia bien firme respecto de ‘descansar’. Cuando uno asume que con las vacaciones escapa de su trabajo, seguramente es porque no está contento con él. Muchas personas sienten una frustración “de fondo” con el trabajo que desempeñan, silenciosa y crónica, y que suele no manifestarse de manera estridente. Lo cual es peor, porque no tiene el aspecto de ‘crisis’ y termina siendo una frustración con acostumbramiento. En estos casos el común denominador es que la gente no se siente realizada en su rol laboral, y ve a las vacaciones como la panacea que las va a rescatar del malestar sordo que las domina todo el año. Estas personas pueden incluso sentir una frustración más intensa al regresar que el resto.

          El fin de semana salió un muy buen artículo en la revista Viva de Clarín, que trata sobre nuestras emociones al volver al trabajo. Te lo recomiendo. En él se plantean muchas razones por las que uno puede sentirse mal en el regreso. Entre ellas, que las vacaciones hayan sido en sí mismas fuente de estrés, y uno no haya podido relajarse apropiadamente (capaz que te fuiste con toda tu familia, incluyendo la suegra y los perros). Pero el escenario que más me preocupa es aquél en que la gente no está contenta con su trabajo. Porque este escenario es, desafortunadamente, demasiado común.

          El desánimo por regresar a un trabajo que a uno no le gusta es multicausal. De cualquier manera, podemos echarle una gran culpa a cómo funciona la anticipación y el incentivo en nuestro cerebro. Estamos cableados profundamente para que cuando hay algo bueno en nuestro futuro inmediato, sintamos entusiasmo y euforia. La dopamina es uno de los neurotransmisores responsables de esta experiencia interna. Y durante esta emoción de dulce anticipación, es poco probable que se nos activen recursos racionales que evalúen críticamente el ‘después del después’. Por eso es que nos tienta tanto un bombón de chocolate que eclipsa nuestros planes de dieta a largo plazo. Y también por eso es que cuando están por venir las fiestas de navidad y las vacaciones de verano, toda nuestra mente está pendiente del disfrute que se viene. ¿Quién va a andar pensando analíticamente cómo se va a sentir al regresar?

          Claro, después aparece el contraste implacable entre la alegría de las vacaciones y el sabor amargo del reintegro al yugo. En algunas personas el contraste es tal que, al desgano y a la desmotivación, se suman dificultades para dormir, ansiedad, depresión, irritabilidad y tristeza. Estos episodios son particularmente fuertes en quienes no están interpretando su trabajo como una fuente de crecimiento profesional ni como fruto de una planificación intencional, sino como algo que les terminó “sucediendo” en el camino de la vida y que les representa una obligación.

          Y en esta interpretación también tiene que ver la circuitería cerebral relacionada con la anticipación y el incentivo. Como te habrás dado cuenta en función de lo que te dije hace un rato, nuestro cerebro está ‘diseñado’ para anticipar y hacerse expectativas todo el tiempo. Si nuestro ritmo de vida le brinda a nuestro cerebro un horizonte vacío y sin componentes que lo motiven, ni remotamente va a desencadenar las respuestas hormonales de entusiasmo que nos hacen sentir tan bien. De manera simétrica a lo que pasaba antes de las vacaciones, la persona incómoda con su trabajo ahora tampoco ve el ‘después del después’, y no percibe alternativas que le permitan planificar un camino laboral diferente o un futuro distinto a su situación actual. La emoción negativa de volver las hace miopes. Emocionalmente miopes.

          Ahora, más allá de la expresión graciosa de <<echarle la culpa>> a nuestros circuitos cerebrales de anticipación e incentivo, en realidad lo que debemos hacer es prestarle atención al hecho de que siempre están funcionando. Y, por ende, escucharlos. Si las emociones al regresar de vacaciones son verdaderamente muy negativas, es hora de que emprendas un cambio de rumbo en tu trabajo. Nunca nada es para siempre: buscá alternativas y responsabilizate de crear nuevas circunstancias.

Ref.:

  • Gorenstein, Alejandro, <<Volver al Trabajo>>; Viva, 24 de Febrero 2013, pp 42-45.

 

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