CrossFit: ¿indicio de la obsesión por el aspecto físico?

Crossfit 1          Lamentable es enterarnos de que alguien tan joven acaba de morir haciendo deporte. Es el caso de Manuel, el Santafecino de 26 años, de quien supimos esta semana por haberse desvanecido haciendo CrossFit, una disciplina de alta intensidad que combina ejercicios militares (como trepar sogas, saltar gomas de camión o subir y bajar escalones). Por supuesto que no hay actividad física que esté exenta de accidentes o riesgo de vida, y a la mente nos vendrán varios casos de jugadores de fútbol que sufrieron muerte súbita, nadadores ahogados y así podríamos seguir la lista.

          El valor social de esta noticia no debe radicar en castigar al CrossFit como práctica deportiva, sino más bien en alertar a quienes eligen ejercicios físicos de tanta exigencia para que conozcan los riesgos que se corre cuando uno exagera y le pide al cuerpo que responda a semejante intensidad. Específicamente si el deportista trae de antemano una condición cardíaca (como el propio Manuel).

       Pero hay un costado adicional en este episodio que merece apreciarse desde el conocimiento de nuestros procesos cerebrales –aquellos que dan lugar a nuestras emociones y a la forma de relacionarnos en sociedad. Insisto, mientras un deporte se practique apropiadamente, bienvenido sea. Pero sospecho que hoy día el CrossFit –de moda hace muy poco tiempo, ya que cumple sólo 3 años en la Argentina- constituye una de las prácticas que encarnan la obsesión moderna por el aspecto físico.

          Somos seres sociales por naturaleza y nuestro cerebro está repleto de recursos que funcionan como mecanismos de alarma adaptativos: así  podemos darnos cuenta si estamos siguiendo los códigos y convenciones de la sociedad que nos recibe desde que somos bebés. Por ejemplo, la vergüenza es una emoción universal en los humanos que ganamos gracias a la evolución (y por eso me atrevo a afirmar que es una emoción universal en muchísimos mamíferos: sabés de perros que sufren después de que los ‘esquilás’ en la peluquería canina y ni quieren salir a la calle). Incluso, neurocientíficos famosos por identificar que ciertas partes del cerebro se nos activan ante el dolor por rechazo social -como Eisenberger y Lieberman – afirman que aquello que denominamos ‘autoestima’ vendría a ser una especie de tablero de comando cerebral que indica el grado de inclusión o exclusión que sentimos respecto de la manada.

Crossfit 2          Bueno, hoy día la manada es una sociedad muy moderna con parámetros culturales muy diversos. Pero está integrada por personas con cerebros que conservan los mecanismos de nuestros antepasados. Es fundamental procurar la aceptación social para relacionarnos, pero si se nos sobreestimula apropiadamente nuestras funciones cerebrales pueden híper-activarse. Y en esta vida contemporánea nos encontramos con ambos ingredientes: una exigencia desmedida en cuanto a lo estético y un gran repertorio de opciones de consumo para satisfacer esa presión.

          Para que en una sociedad la gente se obsesione por estar físicamente ‘atractiva’ y saciar el ansia desmedida por la aprobación de los demás tienen que preexistir mecanismos cerebrales permeables a estos estímulos y que además los promuevan tan universalmente. Eso es lo que estoy diciendo aquí: traemos los recursos de origen para buscar el reconocimiento de los otros. Pero también, como buenos humanos, traemos los recursos para moderar obsesiones innecesarias.

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