Las metas del nuevo año y seré feliz cuando…

calendar            Ahora que ya pasó un mes de este año 2015 (digamos, en una analogía, que ya se hicieron las dos de la mañana si este año durara un día), muchos me preguntan cómo deben hacer para manejar sus objetivos planteados hace menos de 30 días. ¿Deberían ya haber comenzado a trabajarlos? ¿Es mejor esperar hasta que haya una mayor actividad en general, luego de las vacaciones? Por supuesto que no hay una respuesta única para todos nosotros, como si se tratara de una ley universal. De todos modos, lo que sí puedo apreciar es que hay un marcado condicionamiento a considerarse a uno mismo dichoso recién cuando ese objetivo pueda ser mensurablemente consumado.

Felicidad para alla          ¿Cuándo vas a ser feliz? Muchos autores nos advierten de no cometer ese error tan común… El de postergar la felicidad recién para cuando alcancemos una meta. Nos dicen que la gente habitualmente se condiciona de esta manera: <<Seré feliz cuando logre recibirme>>, <<cuando consiga el acenso>>, <<cuando encuentre la pareja con quien casarme>>, y demáses.

          Personalmente, como no me convence eso de utilizar la palabra “siempre”, sí me atrevo a decir que por lo menos “muchas veces” nos ponemos a nosotros mismos ese tipo de condición. En ese sentido sí coincido con semejantes apreciaciones. Sin siquiera saber cómo definir la felicidad, podemos llegar a creer que sólo habremos de alcanzarla cuando nos realicemos en un objetivo importante. (Cosa que, entre paréntesis, nos predispone a no disfrutar ni valorar tanto los episodios intermedios en el camino hacia esa meta).

            Ahora bien… Te propongo que hagamos intervenir la psicología del desarrollo en el tema. Quiero decir, no dejemos el asunto sólo en el terreno de la especulación. ¿Existen fundamentos o evidencias estudiables sobre este fenómeno de postergar-la-felicidad-hasta-un-logro?

          Lo primero que me viene a la cabeza es lo que descubrió un especialista en psicología infantil allá por la década del ’50, un tal David M. Levy. Más o menos cuando tenemos 12 meses de edad se nos ‘enciende’ un programa emocional/motivacional en el cerebro. Se trata de un programa que hace que queramos emprender un sinfín de desafíos físicos: tratamos de llevar cosas de un lado al otro, de vaciar y llenar recipientes, de deshacer cosas y recomponerlas… En definitiva, tratamos de modificar el entorno. Cosa que hasta entonces no hacíamos. Hasta esa edad nos quedábamos pasivos, quietitos, alimentados por mamá. Llega el buen día en que se enciende el programa, y batallamos para sacarle la cuchara y comer por nuestra propia autonomía (por más que al principio no seamos capaces de llevarnos nada de papilla a la boca y hagamos un enchastre total).

batalla de la cuchara            Otro psicólogo de renombre, David McClelland -de la Universidad de Harvard-, llamó <<Incentivo de Impacto>> a ese programa cerebral. Justamente, porque desde tan temprana edad, procuramos ejercer un impacto sobre el ambiente y las personas que nos rodean. Buscamos por naturaleza ser autónomos, competentes y eficaces. Es el programita emocional/motivacional básico que subyace a toda avidez por emprender un logro durante nuestras largas vidas. Incluyendo todo tipo de logro profesional, vocacional y personal. Porque una vez que se enciende, ese incentivo no se apaga más.

felicidad en el camino            ¿Será que, en lo que respecta a la felicidad, ése es el puente entre la psicología intuitiva y la psicología de la conducta? Nuestra ‘circuitería’ está preparada, de origen, para buscar la realización. Tal vez se desprenda de esto que sea natural lo de condicionarnos, lo de no permitirnos ser plenos hasta que esa motivación interna de logro sea saciada.

          Nuestro entrenamiento como humanos tal vez consista en moderar la impulsividad de ciertas circuiterías traídas de fábrica. Espontaneidad diferida…

          Así como nos conviene moderar nuestros enojos, no darles rienda suelta, tal vez también nos convenga entrenarnos en ese programa ambicioso. Es decir, consumar logros, por supuesto, permitiendo que ese circuito funcione. Pero no inhibir la felicidad hasta la meta. Sino más bien disfrutar todo el camino…

 .

Refs.:

• McClelland, David C. (1987), Estudio de la motivación humana; Narcea, Madrid 1989.

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